dijous, 13 de desembre de 2012

A veces te dan ganas de empujarme. Lo sé.


  Un "quédate" hubiera estado bien. No hubo chispa que encendiera el fuego, pero los sueños, cuando ya no estábamos, se encargaron de quemar en camas ajenas el deseo, como si éste pudiera cambiarse igual que los cromos en el patio de un colegio.
La mañana siguiente nos mirábamos las manos absurdamente vacías de cromos repetidos.
Parecía que él quedaría condenado a la inmortalidad al no encontrar el cuerpo de donde había nacido para poder descansar, pero qué más daba ya... a esas alturas, incorporar otra ausencia?



  Una cama. Música con el volumen roto y distorsionado pasa de revoluciones mis pupilas y las mandíbulas ciclópeas desde donde hace siglos te muerdo y te como a mordiscos de ternura sin piedad.

-No me beses-, repites una y otra vez sin mirarme y sin estar aquí. Me llegan las sílabas entrecortadas de ese no me beses esquívoco. (sí... esquívoco). -No me beses. Soy una puta, sólo una puta, y no quiero
romper pactos with myself por los que he pagado un importante precio. Los besos no están permitidos ya. Deshabítame. Si quieres pasa por dentro pero vete y cierra todas las puertas y ventanas al salir. O no. No entres. No sé si dejarte paso. No sé si te irás, quiero que lo hagas, y esa duda me perpetúa detrás de la puerta de mi hipotálamo, mirando por la mirilla insistentemente sin saber si persistirás al otro lado o te irás escaleras abajo-

A veces te dan ganas de empujarme, lo sé. Y la culpa habrá sido siempre de las escaleras. De estar allí. De todo lo que está. Y de lo que no. Y yo no podré decir nunca que no me avisaras con todo tu cuerpo.